Hay que hacer callar a la cotorra

 

Son tres reincidentes. El primero se escabulle tras la góndola de limpieza pretendiendo no ser visto; le dicen Poxi, ni falta que hace aclarar el porqué. El segundo, beneficiado con salidas transitorias ganadas a fuerza de su “buena conducta”, queda en la vereda, sentado en la moto, con el casco puesto, oficiando de campana; lo llaman Tuerto desde que perdió el ojo izquierdo en un tiroteo con la yuta, por lo que apenas puede avizorar lo que sucede hacia una sola esquina. El más colocado del trío, Nafta Súper, otro excluido del sistema, se lanza sobre el chino de la caja y, mientras le dibuja una línea imaginaria con el filo de la navaja sobre la yugular, comienza a los gritos: ¡Al suelo! ¡Todo el mundo al suelo! ¡No!, vos no. Abrí la caja y dame todo lo que tenés! ¡Ya! Vos -señala a una mujer que se persigna compulsivamente como si hubiese sido poseída por un tic nervioso-, la cartera, vaciála, dame todo. Los demás, lo mismo: bolsos, carteras, mochilas… quiero todo. ¡Todo! “Quiero todo. Todo. Quiero todo. Todo”. Al unísono (chorros y clientes) giran hacia el pico de la cotorra enjaulada que trae un escolar de guardapolvo.


– Hacé callar al pajarraco, pibe –le ordena el caco mientras la cotorra repite: “Pajarraco pibe. Pajarraco pibe”


El nene, asustado, sólo atina a decir shhh a su mascota, con el dedo índice cruzado sobre la boca, mientras una aureola de pis se agranda en su entrepierna.


– ¡Callá al loro o lo hago espiedo. ¡Callálo o sos boleta!
“Sos boleta. Sos boleta. Sos boleta”


Nafta Súper es un “ex” convicto, líder de una banda criminal, que escapó de la Sala de Guardia del Hospital Paroissien, de Isidro Casanova, y del libro de Leo Oyola. A ese nosocomio había llegado con una herida que pudo haber sido mortal, de no ser por la intervención de sus súper poderes y por la revuelta que gestaron sus compañeros para profugarlo esa misma noche. “Sos boleta. Sos boleta. Sos boleta”. Ni lerdo ni perezoso, a pesar del susto, el escolar se agacha junto a la jaula, y el arma que antes apuntaba a la cotorra, acaba en una balacera sobre la sucesión uniforme de cartones de leche del sector de lácteos, para que la escena se convierta en un tiro al blanco de kermese, y luego en una Fontana de Trevi del subdesarrollo en el que la leche -alimento primordial- es derramada. Cuando acaba el estruendo, Poxi comienza a recoger en una bolsa ecológica, todas las pertenencias que los clientes dejaron en el suelo: tablets, iphones, ipads, nets, notes, un solo reloj -ya nadie usa reloj-, cantidad de dinero,  tarjetas Club La Nacion, Comunidad Coto -yo te conozco- 
Subtepass, SUBE y un variopinto de tarjetas de débito y crédito. Una mujer cuarentona, de apariencia sofisticada, está prendida a su cartera -apócrifa- Louis Vuitton, la sujeta fuerte contra su pecho; no la suelta. “¡Eyy, usté! La cartera” –le ordena Poxi, mientras se abalanza sobre ella y arroja, a su paso, una pirámide egipcia construida con latas de lomo atún en aceite que están en promoción. En la pulseada, en el tire y afloje de la cartera entre la mujer de clase y el desclasado, cae todo su contenido: perfume francés, labial americano, pañuelos tissué, un manojo con ciento veinte llaves, otro con solo una, con una marca de auto importado, una petaca de whisky a medio llenar que aún conserva la alarma puesta, y un libro gordísimo que en su tapa dice Cincuenta sombras de Grey. ¡No, por favor. Lleváte todo, pero el libro, no! –se escucha implorar a la mujer desesperada. Se salva, no porque el caco se apiade de ella, ni siquiera por no poder cargar semejante mamotreto porque tampoco se interesa en el ejemplar más pequeño que cae de la mochila del flaco de lentes: Ansichten eines clowns, de Heinrich Böll. Tampoco se trata de que el chorro no hable alemán; es sencillamente que no cree que los libros tengan algún valor de reventa.

Desde afuera interrumpe el vozarrón del Tuerto que grita: ¡Traéte un Beldent rosa! Nafta Súper toma unos cuantos y manotea todo el dinero de la caja que el chino impávido, fue incapaz de entregar.

¡Nos vamos! –grita ahora, mientras del fondo comienzan a emerger una parva de chinos, decenas, probablemente indocumentados, hacinados, que serían un festín para Gustavo Vera y su Alameda.
Como una ironía del destino, la yuta aparece justo por el lado opuesto al que el Tuerto ve. La campana dobla tarde. ¿Por quién doblan las campanas?
Los tres puerta giratoria (entro por una y salgo por la otra), están ahora, boca abajo con las piernas abiertas en la vereda, recibiendo cada tanto un patadón de borceguí policial en los testículos. A un lado, la científica hace el arqueo de armas, objetos y dinero robado e incautado en el atraco al súper chino, en una suerte de layout sobre la vereda. Las cámaras de Crónica -prontas, prestas- toman testimonios monosilábicos e inentendibles a toda la comunidad oriental. A la única que se le entiende claramente es a la cotorra, que queda piando ¡Alto Policía! ¡Alto Policía!

APG


Una respuesta to “Hay que hacer callar a la cotorra”

  1. recien me pude sentar y leerlo, te felicito, me gusto mucho y ocurrente. me gustan tus cuenros y los guardo para leerlos tranqui. cuando puedas no dejes de mandarme

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s