Mi primo Alberto

Publicado originariamente en El Cronista

Hace un par de días que no hago mas que ver y ver una vieja película. No se lo ve en imagen pero yo les cuento: el que filma, es mi padre. Se pasó gran parte de nuestra infancia, ausente; tras una máquina Súper Ocho: filmando. Lo más divertido era cuando, luego de ver las películas sobre una pared del living que despejaba mi madre quitando, una y otra vez, un cuadro de Carlos Alonso, mi papá rebobinaba el carretel sin apagar la luz del proyector. Mágicamente, como un truco de infancia, lo vivido retrocedía aceleradamente hasta esfumarse en el momento en que la cinta comenzaba a girar en falso. Nos divertíamos -mis hermanas y yo- tan solo con vernos desafiar a la lógica del movimiento y a la irreversibilidad del tiempo. Qué tontas.
Hace un par de días que no hago mas que mirar una vieja película. Una de esas tantas. La calidad es pésima, producto de haber soportado la conversión a sucesivos formatos: de carretel a VHS, a DVD, a digital. Y en ese traspaso no sólo perdió calidad sino también la magia. Ya no me divierte. Pero no se trata de la desilusión de la imposibilidad de rebobinar. O sí.
La filmación, de alrededor de seis minutos de duración, transcurre a principios de los ´70, en el comedor de la casa de una tía abuela que ya no está, a causa de la ley de la vida que hizo que más de la mitad de las personas que celebrábamos una festividad judía, en ese comedor, también estén muertas. Eran abuelos y tíos abuelos. Inmigrantes. Salteando una generación, estamos nosotros, los más pequeños, jugando a disfrazarnos de grandes. Mi primo Alberto hace morisquetas frente a la cámara con un sombrero Borsalino y luego se deja caer sobre la falda de mi tía Sara, que lo abraza.
Qué curiosa improcedencia -pienso-; por esa época, principios de los ´70 (Alberto promediaba la edad que sus hijas tienen hoy), un Poder fáctico implementaba en la Argentina un plan siniestro a través de “grupos paramilitares”. Casi cuatro décadas después, mi primo Alberto es asesinado a manos de un Poder subyacente de las mismas características que el de aquellos años nefastos, que insulta una vez más a la República, que ensucia a la Democracia rebajándola a la condición de un mero oxímoron. Porque Alberto Nisman, además de mi primo, era Fiscal de la Nación, nombrado1 durante la Presidencia de Néstor Kirchner para esclarecer el atentado a la AMIA. Labor a la que se abocó casi la mitad de su vida con firmes convicciones e ideales de justicia; con asistencia necesaria -pero no, dependiente- de servicios de inteligencia que el propio Néstor propició.
Señores, la verdad no tiene bandos. La verdad no necesita usar armas. Mi primo Alberto había asumido el compromiso de presentarse el día lunes al Congreso para exponer el resultado de su investigación que implicaba a la Presidente y a funcionarios de este gobierno en una presunta maniobra de encubrimiento de ese atentado, y que paralelamente fue presentado ante la Justicia, para que sea finalmente ella la que dirimiera. Por eso lo mataron. Estaba amenazado. No de ahora, desde hace años. Tenía custodia. No de ahora, desde hace años. Aún así siguió, amparado sólo en sus firmes convicciones e ideales. Porque no se doblegaba ante nadie ni se dejaba amedrentar. Porque tenía plena certeza. Porque el caso AMIA está resuelto -como tantos otros- hace tiempo. Mi primo luchó por sacarlo a la luz. Por eso lo mataron.
Mise en place, es un término gastronómico francés que -literalmente- se traduce como `puesto en el lugar` y está conformado por el conjunto de tareas y elementos preparados a priori de la elaboración de un plato.
Que nadie (como aquella jovencita actriz de provincia) venga a decirnos “La mesa está servida”. Porque -al igual que mi primo Alberto- no nos sentamos a comer con nadie. Porque sabemos que la manipulación certera inhibe en el manipulado la capacidad de discernir negándole la percepción de la maniobra de la que está siendo objeto. Y esto, él lo sabía más que nadie. Por eso advirtió a su hija mayor, Iara, sobre lo que podría llegar a escuchar sobre él. Pero lo mataron.

Con tristeza cívica y personal finalizo como hubiese querido hacerlo él, porque ningún argentino debería permitir que se rebobine la historia, cuarenta años.

SERÁ JUSTICIA
20/01/2015

 

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