El bronceado perfecto, en Uno a uno

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AMBOS I

 

Me sorprendió encontrar el auto de “Ella I”, mi ex mujer -para esos tiempos, mujer en plena vigencia- en la cochera. A medida que la vida avanza, vamos acumulando cantidad de “ex condiciones” en nuestro haber; quiero decir, hoy soy ex marido, ex estudiante, ex colimba; puedo mencionar con certeza un ex trabajo y un ex amigo y un ex barrio. Son episodios dentro de la vida que, casi con seguridad, fue necesario que haya antecedido uno para que le sucediese el otro. Sin embargo, al revivirlos, experimento la simultaneidad de varios presentes y aunque esto haya sucedido años atrás, allá por la década del ´90, puedo afirmar, que fue la gesta de mi “hoy”. Retomo…, era miércoles, y los miércoles, que Ella I concurría a su terapia grupal, yo regresaba temprano y cenaba con nuestros hijos, Lautaro y Olivia -imagino algún malicioso haciendo algún comentario sobre los nombres. Pues bien, desestímenlo, no fui el de la idea. Ni de esa, ni de muchas. Como siempre, sólo asentí- Ahí estaba ella, sentada, haciendo garabatos sobre los avisos clasificados, en el escritorio que compartíamos. Clementina bañaba a los pequeños
– ¿Qué hacés en casa? ¿No tuviste terapia
– Sí, pero no fui. Tenemos cosas que resolver
– ¿Qué cosas?
– Nos separamos
– ¿De dónde nos separamos
– De nada…, Entre nosotros nos separamos
– Vos, te separarás
Sentencié pensando en “separación”, como la distancia entre uno y otro. Yo estaba estático, y esa inmovilidad hacía que sea ella la que debía separarse de mí para que existiese separación alguna. Pero en menos de lo que dura un flash, rebatió mis sólidos argumentos:
– No, el que se separa sos vos. Aquí te marqué varios departamentos. Los de la X, son los que están aptos para ocupar de inmediato. Son alquileres temporarios. Están amueblados y equipados, con todos los servicios. Para empezar y concretar mi decisión, cualquiera es óptimo. Sólo tenés que poner algo de ropa en una valija. Más adelante y con tranquilidad, sería bueno pienses en comprar algo estable, sobre todo con un espacio para los chicos.
Yo estaba enmudecido. La noche anterior, habíamos hecho el amor, mecánicamente; metódicamente, como todos los martes y viernes desde hacía años. Éramos una familia, habíamos viajado a Disney y a Cancún. Teníamos dos hijos, casa propia con doble cochera, otra en un country, un perro, dos autos y a Clementina… Clementina, fue lo único que llevé conmigo -no porque yo lo hubiese exigido, sino porque ella dijo que si no la llevaba, renunciaba- Estaba grande pero, después de todo, me había visto nacer y, creo, pasó conmigo más tiempo que mi propia madre. Me iba a venir bien con los chicos y con mis nuevos quehaceres hogareños. La única desconforme fue Ella I, que se sintió como si hubiese salido perjudicada en una supuesta división de bienes -“supuesta”, porque no la hubo, es decir, Ella I, se quedó con todo; yo, asentí

AMBOS II

Ella II, mi actual mujer -para esos tiempos, mi posible futura mujer- cruzó mi soledad justo ahí, por el medio, interrumpiéndola. Sí, “interrumpiéndola”; porque “interrumpir” lleva consigo una acción involuntaria, a diferencia de “irrumpir”, que bien es intencional. Fuere cual fuere el modo, la abortó -digo, “mi soledad”, ¿no?-para siempre, y me dejé; aunque supe que, en ese momento, no era yo su verdadero fin sino el medio para que ella consiguiera “su” fin. Ella sólo aspiraba a abonarme a diez sesiones de cama solar, con lo que accedería a un bonus mensual; cuantos más clientes capturaba, más se engrosaba su magro sueldo básico. ¿Hablé de capturar? Bien, porque ella me había elegido como presa; yo, asentí. Poco me importaba -digo “el bronceado perfecto”- sólo quería consentirla y, más que todo, dejarme tratar bien. Ella II era encantadora, risueña y bella, excesivamente bella…, y joven, una juventud que humillaba mis largos treintaypico. Yo hubiese querido hundirme en remolino en los hoyuelos de sus cachetes. Pero eso no ocurrió.
“Hola, quería consultar por una cama solar”, mentí descaradamente frente a Ella II, olvidando por completo el verdadero motivo por el que estaba allí.
– Buenas tardes, tome asiento por favor. ¿Es su primera vez?
“Casi en todo”, sonreí torpemente. ¿Podrías tutearme?
– Sí, claro. ¿Cómo te llamás?
“Pedro”, volví a mentir. Bajo ningún punto de vista quería que ella sepa quién era yo en realidad y que me importaba una mierda el “bronceado perfecto”
– Bien Pedro, por ser tu primera vez, voy a hacerte algunas preguntas de rigor, que van a quedar en tu ficha personal. Así, en Silrium Solaver,  podremos asesorarte sobre cuál es la máquina ideal de acuerdo a tus expectativas de bronceado y a tu tipo de piel; sobre qué intensidad de cama solar o facial es conveniente para tener un bronceado perfecto en poco tiempo. Además contamos con  servicio dermatológico gratuito, en el caso que desees hacer una consulta.
A partir de allí no se detuvo. Con gran sabiduría y destreza, me recitó especificaciones técnicas, ventajas y desventajas, diferencias entre tal o cual…, mi atención se limitaba a observar los hoyuelos de sus cachetes y seguía deseando hundirme en remolino envuelto como fuerza centrípeta hasta el fondo. Siguió un tour por los gabinetes. Disfrutaba viéndola moverse de uno a otro, mostrándome las bondades de los equipos alemanes. Una especie de cápsulas  llenas de tubos que te envolvían cóncavamente como un pancho a una salchicha. Había perdido la noción del tiempo y de las responsabilidades. Creo que lo que más me seducía era cuando se refería a mí. ¡Sí, a mí! Que cuál me convenía por mi tipo de piel, y por ser primerizo, y que los aceleradores de bronceado y los protectores oculares…, sí, dije “protectores” ¡Ella II me cuidaba! Nunca nadie me había cuidado así -salvo Clementina, claro- Además, era tan sabia, su conocimiento era extensivo, ¿o limitado? -a esa altura yo no conseguía dilucidar-
Mi saber sobre las máquinas se refería a otra cosa, que no tenía que ver directa, ni indirectamente, con su funcionamiento. Yo había sido el primero en traerlas al país, allá por el `89, cuando  Ella I, mi ex mujer, era  mi mujer en plena vigencia, y Ella II, actual mujer, ni atisbo de posible futura mujer. El negocio(ado) real de las camas solares era la trampa impositiva, es decir, un volumen importante de dinero. Se importaban de Alemania, sobre-facturadas, a un valor ridículo de facturación, en nombre de una sociedad inexistente. El resultado era una estafa millonaria al fisco en complicidad con algún empleaducho clave en Aduana. Todo pergeñado con una prolijidad obsesiva      -para algo soy contador público- de modo tal que nunca hubo inconveniente alguno. Digamos, que este tipo de maniobra no era atípica, ni tampoco la única. Yo lo venía intuyendo desde la facultad…, digo, no existe contador que viva de hacer balances, la diferencia se hace en paralelo -no me equivoqué- Los primeros embarques, alrededor de cuatrocientos equipos, fueron para abastecer nuestra propia cadena, unas veinte sucursales en Buenos Aires, Córdoba, Mendoza, Rosario. Luego, el negocio se amplió con la importación de equipos para proveer a más de ochenta franquicias.
¿En qué estábamos? Ah, en que ese fue el instante en el que Ella II interrumpió mi soledad. No fue premeditado por ninguno de los dos; es más, a partir de mi divorcio, nunca imaginé volver a estar en pareja. Yo me había abstraído en el trabajo, en acumular dinero, a veces en mis hijos…, eso era todo. No sabía hacer otra cosa. Nunca fui bueno para seducir mujeres. Pero pasó. Nos rozamos en ese punto de contacto, donde se encontró mi necesidad de ser cuidado con su necesidad de tener a alguien a quien cuidar. El encuentro de dos personas es eso: coincidir en un punto, en  tiempo y espacio; un roce tangencial, que, de haber un desvío entre uno y otro, un ápice, por más mínimo que fuere, el encuentro nunca llega a ser tal.
No era habitual que yo entrara a los locales de Silrium Solaver, pero ese día y sin darme cuenta, estacioné en la puerta del de Palermo. La vi a Ella II a través del vidrio y entré simulando ser un interesado. Ella II, desconocía quién era yo, y yo, en ese momento, sólo sabía que era una empleada dentro de un staff de más de cien.
Fui Pedro por varios meses. Compré un abono de veinte sesiones en una cama suave. La primer semana fui tres veces. Una vez dentro del gabinete, encendía la máquina, pero me quedaba al costado, en una silla los ´15,  haciendo tiempo, simulando. Luego, salía. A la semana, Ella II, preocupada porque no tomaba color, me ofreció pasarme a la intermedia. Asentí, y compré un nuevo abono de veinte sesiones. Ambos, sin exteriorizarlo, estábamos felices porque su magro sueldo dejaba de serlo. Repetí el simulacro con lo que a las dos semanas, estaba adquiriendo un tercer abono, más intenso. También, adquirí un cuarto, uno facial. Demás está decir que lo que yo compraba realmente eran tres oportunidades semanales para verla y charlar -la mayoría de las veces de los equipos-
Ella II comenzaba a preocuparse por mi estancada palidez y comenzó a hacer reclamos al service sobre la calidad de los tubos. Temiendo todo se descubra, la cuarta semana, me desvestí por completo y tomé una sesión doble, con la misma claustrofobia con la que uno se hace una tomografía computada. El timer apagó la cápsula a los ´30. La ventilación siguió ronroneando por ´5 más. Pero yo no salía. Ella II comenzó a impacientarse -todo esto me lo contó ella misma después de este episodio- había calculado unos minutos adicionales imaginándome desnudo, con un bronceado perfecto, y vistiéndome. Pero yo no salía. Se acercó a la puerta del gabinete y me llamó sin resultado. Comenzó a golpear suavemente y luego más fuerte a un ritmo desesperado, pensando lo peor -Ella II no sólo me cuidaba, sino que se preocupaba y hasta me quería…, sí, sí…, era lo más cercano al amor de una mujer que tuve- A eso le siguió el llamado al supervisor y a  emergencias; luego el forcejeo de la cerradura hasta romperla y conseguir entrar. Desde mi posición horizontal, luego de quedar al descubierto bajo la tapa de la cápsula levantada y unos cuantos zamarreos y gritos llorosos, me vi desnudo y bronceado, un poco dormido todavía -sí, me había quedado dormido, profundamente dormido. La posición horizontal, el calorcito amigable de los tubos rodeando mi cuerpo desnudo, tal vez el cansancio acumulado, exceso de trabajo…, en fin, me dormí- ridículamente entre cuatro personas inclinadas hacia mí y Ella II que me cubría con una toalla y no podía dar por cierto que el Supervisor General, a quién ella había convocado de urgencia, delataba mi verdadero nombre al preguntarme si me encontraba bien.—
APG©
Buenos Aires, Julio 2008

 

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