Enseñando a asesinar

Escuchá el audio en voz del periodista y escritor Jorge Fernández Díaz

– Y ¿no tenés miedo? -pregunta mientras observo pasmada cómo desarticula en tres partes, frente a mis narices, su teléfono celular.
– ¡¿Miedo?!¿Por qué debería tenerlo? ¿Qué estás haciendo?
– Y…, es obvio, ¿no?
– No, es ridículo. Y no tengo miedo. No podría tenerlo.
– ¿Ah, no? ¿Y por qué?
– Porque cuando la inteligencia y la estupidez se encuentran, en caso de que ninguna de las dos ceda un ápice de su condición para verse doblegada por la otra, terminan bloqueando al miedo. No existe la más mínima chance de concebirlo.
– ¿Qué decís?
– Eso, que soy lo suficientemente lúcida como para entender y hacer una lectura fina de lo acontecido, y soy tan imbécil que olvidé el riesgo de exponerlo y exponerme en carne viva en ese texto que se viralizó.
– Como tu primo… Perdón.
– No. Mi primo no tuvo nada de imbécil. Todo lo contrario. Él tuvo coraje. Sabía en dónde se movía, tenía certeza del entramado que había descubierto, era consciente del riesgo que corría y aún así, amenazado hasta el tuétano, siguió adelante, cuando la mayoría se hubiese meado encima. Era su deber. Fue valiente. Harían falta muchos como él -digo mirándolo fijo, intimidándolo.


Hacía tiempo que no estaba en contacto con E. Me llamó para darme las condolencias en cuanto advirtió que era yo quien subyacía latente en el texto “Mi primo Alberto”, que probablemente hubiese leído en algún matutino. De no haber sido por la inconfundible voz de locutor de FM, jamás lo habría reconocido: llamaba desde un número privado y hablaba entrecortado y en clave, como si estuviésemos pergeñando alguna tramoya. Fue la primera vez que soltaba una carcajada en esos días de triste insomnio. Y tal vez por esa razón o para solventar la angustia de la vigilia eterna que me acosaba, accedí a la propuesta de encontrarnos, aún siendo consciente de que él pertenecía al poder judicial y de su avidez morbosa por conocer el bajo fondo del drama o los vericuetos de la trama. Como una tragedia griega o mejor aún, en su caso, una serie yanqui en su primera temporada. Retrataría en su argumento a una sociedad acostumbrada a matar. Unas vidas tan vacías que sólo se podrían llenar con la muerte: la muerte de los otros. La muerte como entretenimiento. La muerte como advertencia. La muerte como escarmiento. La muerte como disculpa. Pero siempre la muerte de los otros. El patetismo de una sociedad en la que la muerte tiene un sentido porque la vida no tiene ninguno. Casi atascada en el sin salida maquinal, consigo colarme por el único atajo que conozco: la farsa del humor: divago imaginando a los chicos militantes como el nuevo cuadro de los servicios.


– ¿De qué te reís? -Pregunta E. tal vez advirtiendo la sonrisa indisimulada.


No es mi deseo compartir con él la parodia que me motiva, ni confesarle que a partir de que mi texto fuera viralizado aparecieron repentinamente en mi Twitter nuevos seguidores que escriben en lengua árabe -fakes, presumo-, y que las estadísticas que ofrece WordPress marca picos de visita -inauditos- a mi sitio web personal. Me figuro a los chicos militantes, el nuevo cuadro de los servicios, forzados a leer textos de grandes escritores allí subidos, y no se me ocurre nada mejor que regocijarme. Pero no se lo digo. Mi hermetismo incita a que, en el transcurrir de la cena, E. haga uno y otro intento por obtener de mí alguna pista que lo oriente entre la sobredosis de información – desinformación- de la que alardean los medios a toda hora y en todos los formatos. La opinión pública se divide eligiendo creer una u otra hipótesis determinada, a conveniencia, que se enarbola en cada caso como verdad; se yergue como un imperio la noticia deseada, y los medios son formadores y parte sine qua non de esa farsa psicópata generalizada. Querer acomodar la cabeza al sombrero -habría dicho Jauretche-, o sea, querer acomodar la realidad al deseo ávido del morbo colectivo. Tengo un fiel representante frente a mí, en su máxima expresión. A cada tentativa de E. para inmiscuirse se contrapone un desvío mío, encriptado bajo el ala del merodeo que él advierte sin darse por vencido. Conozco su técnica: en cualquier momento me va a contar una historia tendenciosa en la expectativa de que yo pise el palito y así, arrastrarme al tema de su interés. Mientras abro el menú para elegir un plato, E. saca la tablet y comienza una búsqueda. Ahí viene.


– Mirá -dice mientras gira la pantalla hacia mí.
– ¿Desde cuándo te gusta el Cine Argentino? –pregunto a sabiendas de que E. siempre lo había detestado.
– No me gusta, pero mirá esta escena. Observá a Luppi, calzado con guantes de látex, intrusando ese departamento, buscando entre las ropas de su próxima víctima, encontrando su arma…
– Es la película Los últimos días de la víctima, de Aristarain ¿no? -pregunto con la certeza de quien no espera respuesta. Ahora entra al baño y le dispara en la sien a Julio de Grazia que está en la bañera. ¿Y? –lo interpelo otra vez.
– Esperá… Mirá lo que hace ahora –intenta capturarme E., mientras Luppi coloca el arma en la mano del muerto, y luego suelta el brazo para simular una posición de caída natural.


Con la llegada de la comida, interrumpimos la película, sin embargo, yo recuerdo que Luppi después de matarlo a De Grazia, con pericia de cerrajero, se las ingeniaba para salir del baño dejando la puerta cerrada con llave del lado de adentro. Al día siguiente leía satisfecho, en la portada del diario, el titular que anunciaba que el sujeto se había suicidado. Un trabajo prolijo y bien hecho.
Sé a dónde quiere ir E. -hacia dónde pretende llevarme-, pero yo, me preservo muda en una mudez camuflada por mi boca ocupada en disfrutar de un pez espada grillé acompañado con gratín de brócoli.
Se viene otro intento. Lo percibo. Ahora comienza a contarme un episodio que se dio entre EE.UU e Irán, -Irangate, lo llama- que se inició durante la Presidencia de Jimmy Carter (1977-1981). A mitad de su mandato (noviembre del ’79), una protesta estudiantil frente a la Embajada norteamericana, en Teherán, le reprocha a Carter dar asilo al derrocado Sha, Reza Pahlevi. En ese trajín, un grupo de estudiantes ocupa la Sede Diplomática y toma como rehenes tanto a funcionarios de la Embajada como a civiles americanos. En abril del año siguiente, Carter lanza un primer intento de rescate, la “Operación Garra de Águila”, que resulta un fracaso. Carter, que está a meses de concluir su mandato y pretende ser reelecto, necesita acordar la pronta liberación para garantizarse así el triunfo sobre su oponente, el republicano Ronald Reagan, pero ignora por completo que éste trae entre manos una “Sorpresa de Octubre”.

– ¿Sorpresa de Octubre? -lo interrumpo capturada por la trama y por el postre que acababan de traer: peras al oporto acompañadas de spumone de sabayón.

“Sorpresa de Octubre” pretendió ser una maniobra oculta, pergeñada en dos reuniones que se dieron en París (19 y 20 de octubre del ’80), en la que participaron la Inteligencia francesa, la CIA, (solapadamente, Bush), Irán, Israel, en donde se “negociaron” beneficios (armas), a cambio del retraso intencionado de la liberación de los rehenes, con el propósito de perjudicar las posibilidades de Carter.

– ¿Y? ¿Resultó? -pregunto sin entender aún a dónde pretende llevarme E.

A corto plazo, habría resultado; es decir, Reagan obtuvo el triunfo sobre Carter impidiendo su reelección, y los cincuenta y dos rehenes fueron liberados ni bien asumió la Presidencia, pero la sincronía de los hechos dio lugar a sospechar que hubo especulación política con la libertad de los secuestrados. Se abrió una investigación.

No te quiero aburrir -dice E.-, pero uno a uno, los involucrados, fueron muriendo misteriosamente antes de presentarse a declarar.


– Mirá, vos -digo sin sorpresa a sabiendas de que mi desinterés no es más que un incentivo para que E. continúe.

Richard Beal, por ejemplo, un sujeto que misteriosamente murió de un infarto sorpresivo, a los treinta y pico, fue un experto programador gracias a que la CIA financió sus estudios en informática. Su mayor logro fue, mientras se desempeñaba como asistente de Ronald Reagan, consolidar toda la información de seguridad nacional del Pentágono y de las agencias de inteligencia militares y gubernamentales, en un programa sofisticado creado exclusivamente para la computadora del Consejo de Seguridad Nacional. Fue justamente ese programa de computación elaborado por Beal el que reveló la existencia de una posible “Sorpresa de Octubre” antes de las elecciones presidenciales.

Mirá vos -digo escueta, mientras echo dulce al café, con la certeza de que E. ya no va a detenerse.


– Y que nadie ose buscar información de este sujeto, porque se ocuparon de volverlo un fantasma. Todos los rastros fueron borrados. Ni siquiera encontrás su nombre en internet.

Desconozco si lo que me cuenta E. es cierto, pero a mí me incita a pensar en los archivos de ingreso y egreso a La Rosada y el incendio en el Edificio Alas y Iron Mountain y la mujer NN quemada en Puerto Madero…

El relato de E. se sucede con William Cassey, Director de la CIA, que participó de las negociaciones en París y murió oportunamente a horas de comparecer ante la Justicia. Luego, Amiram Nir, del Mossad, también involucrado en el Irángate, murió en México a bordo de una avioneta que fue saboteada. Y Cirus Hashemi, un traficante de armas que intervino en la negociación de Paris, falleció en Londres a causa de un extraño virus. Y el Ayatolla Mohammed Beheshti, segundo líder religioso en Irán, también participó por interpósita persona de las negociaciones, y murió a causa de la explosión de una bomba.
Me pido un segundo café, el necesario para la pausa. Pero E. no se detiene.


Gleen Souham, traficante de armas que es asesinado luego de declarar que había sido parte de las negociaciones por la liberación tardía de los rehenes. ¿Y sabés qué? -me pregunta E. y se contesta-, murió mientras su padre, un ex de la OTAN, estaba en una reunión en la Casa Blanca.

– Éste te va a impactar -dice ahora, tal vez advirtiendo que mi atención se va disipando.

Un artículo periodístico publicado en octubre de 1988, en la revista Playboy, develó por primera vez, los detalles de la conspiración detrás de la “Sorpresa de Octubre”. Abbie Hoffman, el autor de la nota, sufrió un primer atentado fallido cuando se dirigía a la redacción a entregar el material, y uno certero: fue hallado muerto en su casa. E. dice que hay tres o cuatro muertos más que no recuerda. Yo presumo que hay material suficiente para varias novelas.

– ¿Me pedís otro café? -le digo mientras me levanto para ir al baño.
– Es el tercero, después te quejás del insomnio…
– Tenés razón, tomemos algo más fuerte.
– ¿Una grappita?

La tercera -dicen- es la vencida y E. aún no ha desplegado sus dotes estadísticos. Parece que, en el lapso que fui al baño, recobró fuerzas. Ahí lo veo venir. Lo dejo hacer. Cualquier cosa es mejor que enfrentarme a la cama con la incertidumbre de no saber si me asaltará el insomnio una noche más. Es el temor sólido que me hostiga por estos días.
Entre tantos casos curiosos -retoma ahora E.- hay uno que particularmente siempre me llamó la atención. Un caso típicamente argentino sobre el que se llegaron a acumular 17.500 pistas y por el cual se auto inculparon 130 personas. La investigación sumó 700.000 fojas e insumió millones en gastos que incluían recompensas estrafalarias para quien pudiera aportar datos certeros. El caso lleva décadas abierto y permanece irresuelto. Las hipótesis que se barajan deambulan entre la pista de la ultraderecha, la pista kurda, un loquito suelto, la fracción alemana del ejército rojo, los servicios africanos, el tráfico internacional de armas, la pista chilena; una posible responsabilidad de la CIA mas los servicios secretos ingleses y el Mossad, todos en colaboración con la ultraderecha sueca. En su momento algún diario apuntaba: «la investigación fue una auténtica chapuza desde el primer momento. No se acordonó la zona, dejaron escapar al o los culpables, las filtraciones fueron constantes, el sumario se traspapeló, la alarma nacional tardó una hora y media en decretarse, lo que pudo asimismo facilitar la huida del autor, del país»
E. me incita a que yo adivine a qué caso se refiere. Jamás acertaría, además de que la sola idea de irresolución o causa eterna, acaba por fundir mi ánimo o tal vez sea consecuencia de la copita de grappa. E. advierte mi no adhesión a su acertijo, así es que lo devela sin insistir: se trata de Olof Palme, primer ministro sueco, asesinado de dos disparos en plena calle del centro de Estocolmo, un 28 de febrero de 1996.
Casi que no lo escucho. E. ya me indujo a pasear por la mecánica del crimen de un sicario, por las conspiraciones y el espionaje de los servicios, y por otro asesinato que naufragó en el agujero de la irresolución…
Quedo ausente abstraída en la tristeza de asumir que, cuando el Poder está involucrado, la Verdad acaba siendo “un nuevo desaparecido; un desaparecido más”. No existe esclarecimiento posible si se actúa sólo con el ánimo de la obstrucción, que desvía irremediablemente el rumbo de cualquier caso en el laberinto intencional y malicioso de la irresolución y la impunidad. Un nuevo caso de encubrimiento.

Recurrir a la Literatura siempre funciona cuando busco respuestas. No me creo ni la Sherlock Holmes de Doyle, ni la Dupin de Poe, ni la Poirot de Agatha Christie. Ni siquiera Miss Marple. Pero mi espíritu vaga tratando de hilvanar datos en una realidad que los contenga, porque tengo la certeza de que cualquiera de ellos -los más grandes detectives de la Literatura- habría resuelto el enigma, tan sólo con apelar al dato más básico, a lo simple, a lo evidente y cotidiano que por estar ante los ojos de todos, nadie ve. “Yo nací para mirar lo que pocos pueden ver” -diría Charly García. Veo poco pero miro fuerte -digo yo. Mi primo Alberto dormía con pijama. Al despertar cada mañana -como cualquier hombre-, se lo quitaba y lo dejaba tirado. Quien haya podido acceder a las imágenes de su dormitorio que constan en el expediente, descubrirá al pijama de mi primo doblado sobre una banqueta al costado de la cama. Ese detalle “intrascendente” tiene una única explicación: mi primo Alberto, el sábado por la noche, no durmió en su cama. No hubiera podido. Agonizaba en el baño.


– Caso Resuelto.
– ¿Me hablaste? -pregunta E. al advertir que mi pensamiento se escapa en balbuceo.
– …

Lo único que reconforta un poco -si es que cabe el exabrupto-, es que este magnicidio manifiesta la certeza y veracidad de la denuncia de mi primo Alberto; así como la voluntad misma de interferir a toda costa en su pronta resolución, reafirma esta hipótesis y, a la vez, devela el estado de desesperación que se vive en los confines del Poder cuando se los ve actuar en su pico de torpeza y canallada, en plena campaña. El oscurecimiento forzado sólo deja ver la luz.

 

 

IN MEMORIAM, Editorial Planeta. Pág. 111