Orden del Día / 189

CORTANDO ETIQUETAS

No podría precisar la fecha, pero con seguridad fue hace bastante tiempo y en una época del año en que las seis de la tarde es noche prematura. El semáforo de Av. Sarmiento aún no había soltado de la gatera al aluvión de autos, ávidos de escapar del trajín diario. Eso hacía que el único sonido que sentía yo, que venía corriendo por el sendero de Av. Figueroa Alcorta, fuera el de mi propio jadeo a ritmo de trote. A la altura de la curva del puente del Velódromo, apareció del fondo de la negrura un hombre bajando del terraplén. Con una mano sostenía su jean abierto a la altura de la cadera y con la otra manoseaba libidinoso su miembro amenazante. Pegué un pique tan veloz hacia Av. Dorrego que hubiera merecido ser cronometrado. Mientras el degenerado corría en un intento vano tras de mí, el semáforo echó a rodar al tránsito, y los conductores, aún a alta velocidad, hicieron sonar su repudio en una ráfaga de bocinas. La bestia cobarde volvió a su guarida. Yo llegué a Dorrego sin mirar atrás. En sentido contrario venía un corredor. Me abalancé sobre él, temblando, y en una voz ahogada por la falta de aire le imploré un Socorro.
– Tranquila -me dijo con voz calma-, no te va a pasar nada, ahora estás conmigo.
En ese momento, sentí como si un Súperman alado hubiese bajado de los cielos para protegerme. Hoy me pregunto por qué es necesario estar con un Súperman alado para que a las mujeres no nos pase nada.
Súperman cambió su rumbo original y me escoltó en un trote hasta la avenida. Al llegar a casa estallé en llanto en el tubo del teléfono. Quien estaba al otro lado recibiendo la catarsis era mi novio de ocasión que, aunque tenía previsto un agasajo por mi cumpleaños, me dijo:
– Cálmate, mi amor. Paso a buscarte en un rato y antes de ir a cenar, vamos juntos a la Comisaría.
Me bañé, pasé por el proceso habitual de conversión de pibita que corre a mujer presentable, y bajé cuando sonó el timbre.
– ¡Estás bellísima! ¿Quién te va a tomar una denuncia así vestida? No es creíble -remató y consiguió convencerme.

Otra vez, más cercana en el tiempo, yo me probaba una prenda que acababa de comprar, ante los ojos de mi hombre de ocasión, esperando de él la respuesta habitual y desinteresada de la mayoría de los hombres: “te queda bien”, pero me vi sorprendida por otro comentario:
– Una de dos -sentenció-, o usás esos pantalones o escribís.

Yo, que lo único que quería en el mundo era escribir y que nada ni nadie se interpusiera en mi camino, guardé el pantalón sin siquiera quitarle la etiqueta, y comencé a usar -por algún tiempo- una boina de vicuña del altiplano para sentirme más escritora.

Esta tarde, 3 de Junio, pasados algunos años de esa vez, busqué aquel pantalón, arranqué de un tirón la etiqueta de la estigmatización, me lo puse -sí, aún me entra-, y marché a la Plaza del #NiUnaMenos, para mezclarme en el tumulto, con la convicción de que es imperioso comenzar a cambiar la cultura desde las etiquetas.

 

APG©

Queda cajoneado en El cajón de Columnas de actualidad, bajo el nombre Cortando Etiquetas

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~ por APG en junio 4, 2015.

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