Pastelitos ¡Viva La Patria!

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Mientras corría esta mañana me preguntaba, ¿si Saer pudo escribir una novela brillante que transcurre en lo que dura una caminata de veintiún cuadras, por qué no lo puedo hacer yo en estos dieciocho kilómetros diarios? “No, estúpida -me auto respondí- no es una cuestión de distancias”. O podría ser una cuestión de distancia: la abismal que me separa a mí de él. Mientras me daba la razón a mí misma a la vez que descartaba la idea de brillante, y de novela, seguí con mi divague creativo de soltura mental -ese que te provocan las endorfinas al igual que cualquier otro estimulante que termine con “ina”, salvo que éste, lo hace de manera natural porque es producido por tu propio organismo- digo, seguí tejiendo historias que, a lo sumo, llegarían a papel en forma de crónica o relato.

A esta altura del año, Divisadero, el boulevard de tierra partido al medio por hileras desparejas de pinos que desparraman piñas por doquier y que a su vez, parte al medio y a lo largo, también a Cariló, está desolado de autos, cuatriciclos y caminantes ocasionales que en otra época del año son habitués. Un par de camionetas que me cruzo llevan banderitas de Argentina y se me antoja comer pastelitos de “Viva la Patria”, del mismo modo que lo hubiera hecho para estas fechas de haber estado en Capital, salvo que por estos lares no sé dónde comprarlos, entonces decido hacerlos yo misma. Antes de llegar a casa, voy a hacer una escala en el autoservicio de Av. Espora para abastecerme de dulce de batata y membrillo y tapitas cuadradas. “Azúcar, tengo; aceite, también” -descarto en un rápido conteo mental. Nunca hice pastelitos caseros, así que el resto de recorrido hasta mi primer parada -el súper- lo dedico a imaginar cómo los haría. “Fácil”, –pienso– apelando mentalmente a una maqueta de pastelito para replicarlo lo más parecido posible. Coloco un cuadrado de masa en posición ortogonal, en el centro el relleno de batata o membrillo, y por encima la otra tapita, a 45º, con respecto a la base. Obtuve ocho puntas equidistantes del centro de la panza de relleno, pero yo recuerdo la maqueta de pastelito con muchos más picos. “Es por el hojaldre que se abre” –me explica la joven del autoservicio.

– Ahhh, entonces cambio estas tapitas por otras de masa hojaldrada.

– No tenemos. Sólo hay tapas de hojaldre, redondas, las grandes de tarta. Vienen dos unidades.

– Listo, llevo la grande y la corto.

– ¿Algo más?

– Un trozo de batata y otro de membrillo.

– Sirvase, por la caja le cobran.

Delante de mí, en la fila para pagar, hay una pareja. Ella me mira de arriba a abajo sin disimular. Yo pienso que es por mi estado desagradable, ese que tengo, toda transpirada cuando termino de correr. Ellos, ambos, están impecables. Ella le da un codazo y le susurra: “Esa chica es la que estaba en el podio en la carrera del domingo” Él se da vuelta escaneándome por completo y me pregunta: “Vos corriste el domingo en Pinamar, no?”  “Sí” –respondo acorralada por una pregunta imposible de eludir, más que nada por mi aspecto delator. “Te reconocí por los guantes con dedos de colores que me llamaron la atención cuando alzabas la copa” Asentí con una mueca de boca en media luna, del tipo de las que arrastran los cachetes levemente en dos pliegues hacia arriba deformando la cara, sólo un poco, para recobrar inmediatamente su posición original; similar a esa que se suele hacer cuando el flash de una cámara está a punto de disparar sobre nuestra pose en pose. Y dura justo eso, lo que un flash.

Me quité un guante -ese de los dedos de colores- para pagar, dejando al descubierto mi mano subversiva, de uñas pintadas color berenjena. Él   -el hombre que me había reconocido justamente por eso, por los guantes, que aún permanecía cargando sus bolsas mientras su mujer ya se había ido al auto-  se desconcertó al percatarse que una mano de mujer y un guante de niña podían formar parte de una misma persona, y levantó la vista, y me miró a los ojos y me dijo “te felicito” y se fue. Yo le devolví la misma sonrisa en mueca de boca en media luna, esa que arrastra los cachetes levemente en dos pliegues hacia arriba deformando la cara sólo un poco, sin saber si la felicitación se debía al podio, a los guantes de dedos de colores o a mis manos subversivas.

Finalmente llegué a casa. Me di una ducha veloz, porque mis reflejos condicionados habían comenzado a actuar prematuramente sobre mis papilas, salivaba sólo de pensar en saborear un pastelito caliente y ansiaba meterme en la cocina. Ya frente al círculo de masa -le calculo unos treinta centímetros de diámetro- invoco, evoco a Leonardo: sólo tengo que trazar dentro de él un cuadrado. Invoco, evoco, provoco un cuadrado. Dibujo mentalmente la posible cuadrícula. Finalmente, decido dividir en tres cada lado, con lo que consigo un damero de tres por tres, un tá té ti, un senku, un cuadrante equivalente a la novenoava parte de un sudoku… No me preocupa el número impar, porque cada cuadrado se complementa en el otro disco de tarta, es decir dieciocho tapitas que equivalen a nueve pastelitos “Viva la Patria”.

Trozo sendos dulces en cubitos de tres centímetros. Los de batata son las cruces, los de membrillo, los redondeles. Me juego un partidito de ta té ti sobre mi tablero de masa antes de cortarlo. Gana batata. No hay revancha, mi ansiedad puede más. Pongo a calentar una buena cantidad de aceite neutro mientras los voy armando. Testeo la temperatura con una bolita de masa que inmediatamente queda envuelta en el hervor de burbujitas de aceite. Prueba superada, comienzo a arrojar los pastelitos de a uno. Este es el punto de quiebre, el instante preciso en que se desencadenó lo trágico hasta el desenlace final. A la altura del número cuatro comienzan las explosiones. Loa pastelitos se abren, estallan, comienzan a salpicar gotas gruesas de aceite caliente a granel. Me alejo, el aceite aviva la llama. Me acerco, intento hacer algo, reparar… ¡Error! Me quemo -la quemadura de aceite caliente es fatal, sino pregúntenle a los ingleses- Con un movimiento torpe y brusco que responde como reflejo al dolor intento apartar la cacerola, la llama descontrolada capta el repasador y todo termina en el piso. Me frustro, lloro…, en medio del caos: un repasador ya apagado bajo mi pie, un charco irregular de aceite donde pareciera que naufragaron los pastelitos pinchados que desbordan dulce bicolor; la cacerola dada vuelta, también en el piso, lamparones de aceite sobre mi ropa, las cortinas, mesada, todo…, y la llama sobre la hornalla que ahora está apacible en azul naranja. Ya está. Apago el fuego. Me consuelo: “ya pasó, ya pasó…, está todo bien, los pastelitos horneados también son ricos…, al fin y al cabo, todavía restan cinco. Decido hornearlos mientras recompongo el orden en la cocina y en mi espíritu, a la vez que miro mis quemaduras de mano derecha y antebrazo. Vuelvo a lloriquear, mi cara en mueca de puchero infantil, la boca fruncida en trompa. Bueno, bueno…ya está. Primer paso para cambiar de ánimo: cambiar la música: Jarret versionando Autom leaves, fuiste; un poco de Reggae intercalado aleatoriamente con Beatles, suele resultar.

Pongo los pastelitos restantes al horno junto a los ocho arcos de circunferencia que resultaron de restarle el cuadrado al círculo -habían sobrado cuatro por tapa- que, si fuera un pliego de impresión sería la “demasía”, pero, en este caso, es “sobrante” que a decir verdad, no sobran porque los estoy horneando y van a mitigar mi angustia anticipándose a la cocción lenta de los pastelitos. Son como grisines fashion, que bien podrían ornamentar una guarnición de papa rota novo-andina, al lado de tournedos de lomo, de algún antro gourmet de Palermo.

Desconozco el sabor de los pastelitos que ya están horneados. No les hice marca a tal o cual. A mi me gusta jugar a adivinar con mi paladar negro -como estaba mi cocina hace un rato: negra- y sorprenderme con el sabor dentro de la boca. Siempre suelo hacer lo mismo con el pedido de empanadas: me deshago de los papelitos indicadores y juego a descubrir sabores.

El primero es de batata. Una delicia. No serán los fritos originales, pero son mis pastelitos y ¡Viva la Patria! .—

 

APG©

09 de Julio 2008


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