僵蚕

 

僵蚕

 

 

– ¿Dónde hay un baño?
– Saliendo a tu izquierda, por el pasillo, apenas al toque de la Biblioteca.

Salgo siguiendo las indicaciones de Mark y en ese andar observo los techos altos, las paredes blanquísimas coronadas por molduras ranuradas, esquineros y plafones en escayola. A ambos lados del corredor, un sinfín de puertas de madera de cedro con paños de cristal labrado, con bisceau, prometen universos tras de sí, custodiados por pesadas fallebas de bronce macizo. Y los pisos. Son de roble, con diseño de guarda, y se rinden en crujidos ante cada pisada, y es ese lamento delator el que anuncia mi presencia e incita a Jerôme a alzar su brazo en un ademán, desde dentro de la Biblioteca, invitándome a pasar. Comprimo el músculo esfínter posponiendo la vejiga urgente. Una pulsión placentera que conozco bien.


Alors, Alors, Úrsula. Ven aquí. Ven que deseo mostrarte algo. Bombyx Mori. El secreto mejor guardado.
– ¿Qué es eso? -pregunto algo intrigada ante lo que me señala: una suerte de cápsula amarillenta y aterciopelada, del tamaño de una almendra, que se exhibe tras una vitrina.
– Pronto lo sabrás, estimada Úrsula. Ve en busca de algo para tomar nota que te contaré la historia.


Jerôme está recostado en un chaise longe tapizado en pana con capitoné, sumido en la calma de quien ha esperado estoico por un momento así, por años. Sostiene un cigarrito indonesio en una mano y con la otra me invita a tomar asiento en una butaca contigua.

Muchas veces esquivé a La Parca, pero sólo una fue gracias a que intercedió por mí una mujer, salvándome el pellejo -comienza Jerôme sin preludio. Ser Monje Monofisita, seguidor de la Doctrina de Eutiques, durante el Imperio de Justiniano, que hostigaba y perseguía a todo aquél que profesare el monofisismo, era peligro inminente. A sabiendas de que me auguraba un porvenir infausto, tumultuoso, de malestar físico y espiritual, de inanición de sopa chirla de calabozo y disgustos aún mayores que acabarían en mi muerte, pronto entendí que la única salida viable era pactar mi exilio. El salvoconducto consistía en emprender una peligrosa misión secreta con destino, China. La dama que bregó por mí, ofreciendo este singular destierro, eximiéndome del cadalso, fue ni más ni menos que Teodora, consorte de Justiniano. Al fin y al cabo, ella era tan monofisita como lo era yo. La mujer poseía en su quantum de seducción un sinfín de ardides diferentes que despilfarraba hábilmente cuando deseaba conseguir algo a cambio. Y en esta oportunidad, su deseo era doble: deseaba descubrir el secreto de la seda china, al tiempo que pretendía salvar mi vida. Su astucia se dejó ver durante la cena, con una selección de sus más llanos recursos: una generosa sonrisa de hoyuelo en las mejillas, una mirada furtiva, el acompasado batir de sus inmensas pestañas, el último botón del opulento escote desprendido. Luego, en los aposentos, bastó con un poco del más embriagador de los sándalos del cercano y lejano Oriente, y ya no necesitó seguir: cogió a Justiniano con las defensas bajas, por el cansancio y la preocupación, y en menos de lo que canta un gallo, su esposo, el Emperador, estaba rendido ante sus encantos -que también yo hube gozado pero que no es tiempo de explayar.

En el devaneo amoroso, con su escueta verga complacida entre babas de lengua y de las otras, y sus facultades de raciocinio disminuidas, Justiniano firmó, a pulso de pluma, “mi libertad”, al tiempo que se le escuchaba balbucear: Tú no eres un enemigo importante. Ni siquiera eres un enemigo sin importancia.

A la mañana siguiente partía yo, de lance y jaleo, rumbo a China, devenido en espía, en misión secreta, en busca de los misterios de la seda que permitiría al Imperio producirla por sí mismo y dejar de depender del caprichoso abastecimiento de Oriente. Luego de meses de travesía, de una estancia corta pero rica en Bhutan, el último shangri˗la -que en otra oportunidad te contaré, mi estimada Úrsula-, de padecer las secuelas del soroche y algunas otras afecciones itinerantes, pisé tierra oriental donde el gran enigma pronto comenzó a ceder. Poco tardé en enterarme de que hubo una vez, una antigua Emperatriz de nombre Xi Ling-Shi que bebía la ceremonia del té, bajo una morera de los jardines del Palacio Real, cuando acudió a su taza un capullo de gusano de seda desprendido de una rama. Al intentar quitarlo, éste se deshilachó en hebras y ella, que se había convertido en tejedora de excelencia gracias a los periodos de ocio que el reinado le propinaba, tomó un extremo del hilado y comenzó a tejer. Hete aquí el gran misterio. Mi misión estaba casi cumplida; sólo restaba procurar una cantidad de capullos de gusano de seda para emprender con ellos, el regreso. Ése que tienes frente a ti en la vitrina -mi estimada Úrsula- es el primer capullo introducido por este servidor, a mediados del siglo VI, en Occidente. Un capullo de Bombyx Mori, su denominación en chino: 僵蚕

– Alors, mi estimada Úrsula, ve por otro cigarro.

 


APG


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