Orden del Día / 164

 

STANCOVICH

Aquí, en la periferia del Parque Tres de Febrero (una extensión arbórea urbana emplazada al norte de la Capital Federal que ronda unas cuatrocientas hectáreas verdes), justo en donde limita con la calle La Pampa y la avenida Figueroa Alcorta, si le exijo al Google Earth un acercamiento al máximo que el zoom permite, aparezco sobre una frondosa arboleda que lo cubre todo, pero yo sé -aunque Google Earth no sepa- que bajo los árboles hay caballos. Giran sin inmutarse, sin expresión, sin sentido y en un sentido: el de las agujas de un reloj. Su piel es laqueada; su expresión, inerte. Ningún niño jinete consiguió torcer esta realidad, ni robarles jamás un galope. Son caballos tristes. Sólo la melodía del carrousell obtiene de ellos un vuelo alado de abajo hacia arriba y de arriba hacia abajo: un Pegaso o un Clavileño retenido por el eje del caño que los sostiene. Ni la sortija del sortijero, les quita un relinchar o un brinco. Los caballos de madera son, de algún modo, efigies: estatuas aptas para montar.
Más allá, a unos veinte metros de las estatuas -y esto Google Earth tampoco lo sabe-, están los otros: los caballos de poca alza: los petisos. Giran sin inmutarse, sin expresión, sin sentido y en un sentido: el contrario a las agujas de un reloj. Su piel no es laqueada; su expresión, inerte. Ningún niño jinete consiguió torcer esta realidad, ni robarles jamás un galope. Son caballos tristes. Y ni siquiera vuelan.
Stancovich -a secas- es el hombre que cada fin de semana y feriado, si el clima es favorable, viaja desde Lomas del Mirador, partido de La Matanza, a bordo de un camioncito viejo, de cabina y acoplado de madera. No tiene una cuatro por cuatro, ni un tráiler para caballos. Él, a pesar de sus 76 años y un registro de conducir próximo a vencer que le renuevan cada año a regañadientes, va al volante, y lo acompañan en el asiento corrido, su nieta Pamela que mañana cumple 19 -me cuenta Stancovich-, y su nieto Matías de 22. Atrás, en la caja de madera, sobre una alfombra de aserrín, hay cinco, y son ponys. Este hombre, de origen serbio -gitano- es propietario, chofer, cuidador y beneficiario del lucro que generen los animales por recorrer el perímetro a esta plazoleta de quinientos metros de extensión, a razón de $ 10.- la vuelta, que demora en ser recorrida de ocho a diez minutos, dejándose montar por pequeños jinetes que no sobrepasan los treinta kilos. Voltean alrededor de cincuenta chicos por día; “tuve que poner numeritos en un árbol, porque la gente se peleaba por un turno” -me dice.
Dentro del grupo de los equinos, se considera petiso o pony, a un caballo de poca alzada que no supera (medido hasta la cruz, que es el punto en donde se une el cuello con la espalda del caballo, y se elige por ser una referencia estable, que no varía como sí lo hacen la cabeza o el cuello), el metro cuarenta y siete para encuadrar en esta clasificación. Cuatro de los ponys de Stancovich se arriman al metro, y el quinto, apenas llega a los ochenta centímetros. Esto, si lo pensamos al día de hoy; porque hace casi cuarenta años atrás, este gitano de boina, bombacha de campo y pañuelo con nudo gaucho, empezó con sólo un pony y una cámara fotográfica con fuelle que él mismo operaba y que luego cambió por una más moderna -la minutera- porque “esa máquina era jodida cuando había viento”. El paseo, en ese entonces, recorría la costanera norte e incluía el retrato del pequeño jinete a caballo. Ese “animalito” -me dice-, Bonita, que la compré para sacar fotos, fue la más longeva: vivió treinta y tres años.
Aquí, bajo esta frondosa arboleda, que Google Earth no ve, Stancovich desde hace treinta años recorre la plazoleta en caravana junto a los cinco ponys montados por pequeños jinetes. Van en procesión y su letargo parece contagiar a toda la comitiva que los acompaña: familiares de los niños y ellos mismos: Stancovich y sus dos nietos. Antes, durante la semana, allá en Lomas del Mirador, los mantienen atados “para que no los roben” -son bien requeridos por los buscas que tiran carros- y los alimentan dos veces al día con “pencas de alfalfa”; en total consumen alrededor de un fardo diario que cuesta $13.̶  -me dice- y que pesa alrededor de veinticinco kilos. Y el último día, el viernes, como si los preparasen para salir, los lavan, los cepillan, y luego los atan “corto”, para inmovilizarlos de modo que no se vuelvan a embarrar. Tienen que conservarse impecables para ir a Palermo el fin de semana, a bordo del camioncito que conduce este hombre viudo, padre de seis hijos, abuelo de una veintena de nietos, bisabuelo de una decena de bisnietos, de los que sólo lo acompañan dos, Matías y Pamela: los sucesores que mantendrán viva la tradición de los paseos en pony, cuando el viejo, de precaria salud, ya no esté.

Aquí, en la periferia del Parque Tres de Febrero, justo en donde limita con la calle La Pampa y la avenida Figueroa Alcorta, es noche prematura. Bajo la frondosa arboleda los caballos de madera cesaron su mareo de carrusel, y los otros, los caballos de poca alza, descansan sus lomos de pequeños jinetes. Stancovich, inmerso en la caravana lenta de la avenida Gral. Paz, va en camino de regreso a Lomas del Mirador, con la recompensa de la jornada, a bordo de su camioncito viejo que su nieto bautizó “La indomable”. Los ponys, en el trayecto, duermen de pie el trajín del día. Aunque todo ésto, Google Earth, no lo sabe.

APG©
Agosto de 2012

Queda archivado en el cajón de NO FICCIÓN,

bajo el nombre STANCOVICH
.

 

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~ por APG en septiembre 15, 2012.

Una respuesta to “Orden del Día / 164”

  1. APG, está vez me hiciste emocionar. En esos ponys dieron unas vueltas mis hijos hace unos años y tu descripción del espacio y los personajes me hizo volver a estar ahí. Gracias!!
    CVG

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