Orden del Día / 161

Publicado originariamente aquí

CRÓNICA DE UN VIAJE EN ASCENSOR

“He creído, durante mucho tiempo, no tener muchos recuerdos de mi infancia. Pero me equivocaba: imagino, más bien, que apenas les di ocasión para aflorar en mí.” Marguerite Yourcenar, en Migajas de infancia.

Tendría once o doce años yo y dos menos una de mis hermanas cuando juntas, motivadas por la noticia de remate de mercadería al costo de un quiosco vecino de cierre inminente, caminamos -provistas del total de los ahorros que dos niñas pueden acumular gracias a reservar la semanalidad durante meses a fuerza de caminar ida y vuelta a la escuela, esquivando el costo del transporte (supongamos, que nuestra fortuna ascendía al equivalente a doscientos pesos actuales, más de treinta años después)-; decía: caminamos media cuadra desde la puerta de casa hacia la esquina de la calle Ecuador, y la cruzamos; repetimos la acción con Valentín Gómez: la cruzamos, y ahí estábamos las dos frente al quiosco de la farmacia de la esquina, frente a ese universo dulce que nos llamaba, que nos tentaba, que nos invitaba a ser arrasado. La cosa era así: en vez de la disposición habitual y prolija de los productos, que conocíamos puntillosamente, estaban, sobre la vitrina del exhibidor, las cajas contenedoras, desbordadas de golosinas a granel; cartelitos artesanales versaban las ofertas: dos al precio de uno, tres al precio de uno, cinco al precio de uno, todo al precio de uno. Eso hicimos. Cargamos con todo a un valor ridículo para el mercado y sacrificado para el capital que dos niñas puedan ostentar. Hicimos el camino inverso de regreso, muñidas por pilas de cajas de todo tipo que desequilibraban nuestro andar y que apenas nos permitían asomar la vista para cerciorarnos de que ningún auto nos arrollara al cruzar.

Qué manera barroca de retardar ese instante. Qué artilugios absurdos permite el relato para evitar llegar al momento inevitable: el conciso, el del suceso propiamente dicho, el del dolor que duele, que revuelve las tripas. Un viaje en ascensor es la clave: se te hace imperioso recorrer, otra vez, el trayecto de cinco pisos que distancian -a tu hermana y a vos- de la planta baja.

Tras anunciarnos por el portero eléctrico con la exclamación a dueto: “Nosotras”, abrimos a fuerza de arrastrar la puerta con el leve peso corporal. El hombre, aprovechando el retardo que tienen los mecanismos de cierre automático, retuvo la puerta, entró y caminó detrás de nosotras hasta el ascensor. Todo esto es una suposición, porque -a decir verdad- ninguna de nosotras volteó para constatar el cierre efectivo de la puerta; estábamos demasiado entretenidas, excitadas y satisfechas con el botín adquirido. El hecho real es que recién nos percatamos de su presencia al ingresar al ascensor.

̶ ¿A qué piso van?
̶ Al quinto.
̶ ¿A ver? ¿Qué traen ahí?

Mostrando una falsa curiosidad, el hombre se inclinó sobre los bultos que yo cargaba, simuló ver las cajitas, aunque su vista se coló por el escote de mi blusa. De pronto sentí la palma de su mano inmunda, caliente, sobre mi pecho incipiente de tamaño de un garbanzo, de esos que brotan un día anunciando el inicio de algo y la despedida para siempre de la niñez. No consigo precisar si el detenimiento repentino del ascensor que manifestaba la llegada a destino hizo que el abusador retirara su mano de mi inocencia o fui yo la que sin disimular incomodidad me moví bruscamente para quitármelo de encima. No hablé. No grité. No lloré. Ya estábamos en casa. A salvo.

 

Existen estudios científicos -desconozco cuáles, pero sé que los hay- que sostienen que el consumo de dulces, y en especial el chocolate, produce la secreción inmediata de serotonina y endorfina, sustancias que actúan sobre un sector del cerebro mitigando la angustia y disminuyendo la depresión, gracias a la sensación de placer y bienestar que esas sustancias otorgan.
Tal vez, anticipándome al abuso posterior que iba a sufrir, tuve la precaución de abastecerme de gran cantidad de chocolates: un arsenal suficiente para acorazarme, para no sufrir, para no llorar, para no angustiar, para callar y para amnesiar. Me gusta creer en esta explicación. Debí haber arrasado -ávida, veloz- con todos los dulces, como un perro callejero, que devora todo lo que encuentra a su paso aunque no tenga hambre, aunque esté saciado, porque no sabe cuándo será la próxima vez que volverá a comer. Me volví experta en construir escapes. Me lancé a correr indiscriminadamente. Sin rumbo fijo. Kilómetros y kilómetros. Como un perro callejero.
La amnesia es una solución que puede resultar efectiva para paliar un dolor. Temporalmente. Porque, un buen día, sin preaviso, tu hermana, la dos años menor, que hoy ya es madre de dos niñas que tienen la misma edad que tuvieron ustedes ese día, te cuenta -con tono enfático que traducís en acusación-, a la vez que te muestra una prenda ridícula para una niña que aún tiene menos que un garbanzo de pecho, que compró ese corpiño para su hija mayor. Sentís la punción de su mirada. Sentís el fondo del silencio que te grita: vos provocaste esa situación, a mis hijas no les va a pasar. Y ese dejà vu te regresa del estado amnésico, asumiendo que hace décadas sufriste un abuso. Y escribís. Y expías.
Atesorás una certeza: ella sabe. Un convenio tácito infantil pactó el secreto. Están unidas por un pasado en común: un viaje en ascensor.

APG©

 

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~ por APG en mayo 27, 2012.

2 comentarios to “Orden del Día / 161”

  1. Andrea:
    El predador humano no va por la carne solamente, sino por eso que marcás en tu evocación del incidente: el recuerdo. Se apropia de la memoria, de esa porción clave que será fetiche para él, disfrute del momento de posesión, que será eterno en una vida que le es ajena a pesar de todo. A veces creo que supera la psicología, incluso cualquier patología neuropsiquiátrica. Los efectos en la víctima son devastadores. Porque lo social interviene (y no importa qué tipo de sociedad, cuál su religión, cuál su estructura), y la vergüenza no es que haga pecado, sino algo peor: condena implícita. De ahí que el silencio del inocente (del arrancado de la inocencia, del desconocimiento del abuso) sea la otra compuerta para el aislamiento. Que hayas escrito sobre eso no sólo es valiente, también admirable. Que esté en texto, tan bien desarrollado (despojado de odio), objetivo desde la dimensión del abandono (porque el silencio hace abandono, desierto, soledad donde eso mismo pesa mil veces, mucho más que la angustia), lo hacen más valorable.

    En NA hemos publicado artículos de Vachss, un abogado cazador de abusadores –predadores humanos–, si no los leíste, te los recomiendo:
    http://www.nacionapache.com.ar/?s=Vachss

    Beso, valiente. Y que la letra suture el dolor.
    O.

  2. Excelente texto que nos invita a paladear el sabor que tiene el secreto entre hermanas a la vez que nos invita a pensar lo femenino como secreto en el sentido del enigma….

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