Orden del Día / 150

Este post puede leerse como una vuelta al blog luego de un periodo de ausencia; puede leerse como una reapertura, con cambio de nombre, ya que hace tiempo debió dejar de llamarse así; o puede no leerse. Pero si se lee, podría considerarse estrictamente como un intento de ensayo -porque mi acción es siempre la de intentar, delegando en el otro: el lector, la potestad de decidir si el resultado cumple con mi ambición-, digo, un ensayo en el que se intenta demostrar que “guardar en un cajón” y “cajonear”, no son la misma cosa.


Supongamos que sí, que yo soy o que me ubico como sujeto creador de un objeto (artístico, literario, ensayístico, periodístico y montones de etcéteras). Partiendo de esta premisa, el ejecutor de la acción “guardar en un cajón”, soy yo y, en ese acto, conservo, atesoro y  perduro el bien preciado.

En cambio, quien ejerce el acto de cajonear no es uno sino el otro en relación al objeto de uno, y en ese acto -a priori (porque se hace sin siquiera indagar en el material)- ignora, posterga y condena al olvido algo que probablemente pudo haber sido y no fue.

En la mayoría de los casos, estos sujetos -los que cajonean- supeditan su acción a un sistema que prevalece a los autores sobre sus obras, ignorando que el buen arte supera a sus autores.  Bajo esta tesitura, ignoran obras y enfatizan personajes. Están atrapados en su propio cajón, “cajón feretral”.

En su ponencia sobre Periodismo cultural, Juan Villoro recalca que “los grandes textos de Kapuscinski fueron escritos con total gratuidad, sin pensar en la forma en que circularían.  El New Yorker fue el cajón de su escritorio. Con el tiempo, esos trabajos dieron lugar a sus libros. En algunos casos, reporteó su memoria años después de los sucesos, y no es exagerado considerarlo un reportero de corte proustiano. Hay posibilidades más libres y dichosamente inciertas. Escribir crónicas sin otro jefe de redacción que tu propio interés. No hay que esperar a que un gran medio nos convoque para poder ejercer buen periodismo cultural. Durante años, Kapuscinski depositó los saldos de su libertad en el cajón de su escritorio. Podemos comenzar por eso, el depósito más elemental del periodismo: conseguir un cajón para colocar los textos que algún día saldrán de ahí para mostrar que la realidad existe para que alguien la cuente”

Copiando esta idea, a partir de hoy, este espacio queda rebautizado bajo el nombre “El cajón”. Un cajón que no cajonea, sino que conserva, atesora y perdura este bien preciado por mí, que es mi escritura. Es un cajón sin cerraduras, abierto a todo aquel que guste leer, compartir, copiar y robar (como ya lo han hecho aquellos pobres que encuentran aquí lo que a ellos mismos le ha sido negado).

Todo está a la vista en los cajones rotulados a mi derecha. Intentaré retomar una rutina para seguir llenándolos.

“Me agrada que aquí no me comprenda prácticamente nadie. Los que comprenden acceden a nuestro interior y nos hacen daño con su comprensión”

Robert Walser



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~ por APG en octubre 5, 2011.

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