Orden del Día / 120

 

 

 

Cómo no lo voy a entender; cómo no sentir empatía si, al igual que él -por si no lo reconocieron, es Haruki Murakami-, hace veinticinco años que corro, que soy fondista. Dos horas diarias que provocan un proceso químico productor de endorfinas en el organismo y que tiene los mismos efectos -buenos y malos- que todas las “inas”.

 

 

Imaginen que hace todos esos años que escribo, mientras corro, en movimiento, sobreestimulada por esa adicción; algo así como cuando Fogwill escribió Los Pichiciegos en un fin de semana, bajo los efectos de la cocaína; u Onetti escribió El Pozo bajo los efectos de la abstinencia a la nicotina, en otro fin de semana que se quedó sin puchos y regía la prohibición. Un día -se ve que muy hinchada los cocos- mi psicoanalista lacaniana comenzó a insistir en materializar la escritura, pasarla de la intangibilidad volátil del movimiento al papel. Ese fue el punto de inflexión. Me regaló Ser escritor, de Abelardo; luego me prestó Escribir, de Marguerite Duras. El primer intento fue una novela histórica ambientada en la Viena de la entre-guerra, que se llevó para leer y, a la sesión siguiente, tomando su agenda, copió en silencio en un papelito “Ricardo Piglia” junto a un teléfono; me dijo: “Llamálo de parte mía; que sea esta semana que está en Buenos Aires”. Me aboqué, en los días subsiguientes, a leer gran parte de su obra y cuando llamé, ya no lo encontré -o acaso mi inconsciente se confabuló para no encontrarlo-. A eso le siguió la carrera de Escritura creativa en Casa de Letras donde me dieron vuelta la cabeza grandes maestros como Anibal Jarkowski, Jorge Consiglio, Damián Ríos, Martín Kohan, Leopoldo Brizuela, José María Brindisi; una riquísima experiencia, y ya no paré.  

 

 

Se inició un proceso de mutación que lleva unos años, y que tiene que ver con la escritura, con mi psicoanalista y fundamentalmente con el correr. Hace un par de semanas, a instancias de enviar un texto a un medio, pedí al editor de dicha publicación que modificara el tiempo verbal a mi biografía: en donde decía “Es arquitecta, Lic. en marketing”, prefería que dijera “Era arquitecta, Lic. en marketing”; el resultado es que quedó una necrológica y no me disgustó la idea.

 

 

El ser fondista como el escribir son actos solitarios. Hace poco lo volqué en  un texto que intenta expresar el proceso de mutación al que me refiero: “… Fui volviéndome oscura, ermitaña, fóbica y antisocial; fui perdiendo familia, amigos, amantes, y asumí al solipsismo como estado ideal …”  

  

 

Otra temporada se inicia en Valeria, hacia donde me dirijo, entre otras cosas, para correr junto al mar cambiando asfalto por arena, y para terminar de escribir La vida al trote, acción que sólo puedo concebir en ese hábitat y corriendo.

 

 

Como es costumbre, llevo una parva de libros que desequilibran el magro peso del equipaje, entre los que está De qué hablo cuando hablo de correr, último libro de Haruki Murakami, un ensayo, editado por Tusquests, cuyo título original, What I talk about when I talk about running, evoca al título de Raymond Carver.  

 

 

Entonces, luego de Semana Santa, cuando el último rezago de veranieante se haya ido; cuando sólo impere desolación en la costa, yo llegaré para hacerle compañía al mar.

 

APG

 

 

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~ por APG en marzo 30, 2010.

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