Orden del Día / 75

 

Autogol es una nueva antología y, por consiguiente, El lenguaje de los muertos, nuestro nuevo cuento unplugged.

Libro2

El libro, de tamaño similar a un moleskine, es artesanal, confeccionado por Editorial Funesiana y nos atrae, justamente, por la imperfección de su hechura, sus rastros de cola de pegar, su lejanía del mundo ortogonal. La calidad del contenido es tan despareja y algunos cuentos tan perfectibles como la alineación o el corte de las tapas.
Nosotros tenemos una debilidad: tendemos a aliarnos a la imperfección, a lo fallido, a lo dudoso y es justamente ese conjunto de cosas que hace de Autogol, un objeto atractivo y querible; un valor.
Los ejemplares fueron cosidos a mano y numerados por el mismo antalogador; el nuestro es el Nº 30. No se vende en librerías; para adquirirlo, click

Sonia Budassi, Federico Levín, Loyds, Ignacio Molina, Natalia Moret, Paula Peyseré, Javier Quintá, Ricardo Romero, Julia Sarachu, Juan Pablo Souto y Diego Vigna son los once autores (jugadores) que integran este libro (equipo), quienes fueron antalogados por Lucas Oliveira (D.T.), y que se los presenta, uno a uno, bajo el título “Al arco”, antes de cada cuento.
Es imposible -no digo, hacer, sino siquiera intentar- hacer un gol, con todos los jugadores al arco, por eso, y a pesar que nuestras piernas son fuertes, bellas y certeras, somos plenamente conscientes de la flagrante desventaja que nos impone esta situación, así pues que nos quedamos tranquilos, en el banco, con la energía intacta, escribiendo un nuevo unplugged para esta nueva antología.

 

El lenguaje de los muertos

 

Prólogo
Hay lugares y lugares para conocer gente; el nuestro fue un velorio. Ahí nos vimos por única vez con Joaquín F (“F”, de nombre ficticio de un personaje real). Yo había asistido por mi relación con el difunto; él -y esto lo supe tiempo después-, por su obsesión con el lenguaje de los muertos. Todo lo que hizo Joaquín F a lo largo de esa noche en la sala mortuoria, fue alternar entre permanecer parado frente al féretro observando al difunto y sentarse en un escalón encaramado a la escalera desde donde se lo veía escribir y escribir en una libretita tapa dura color almendra. Así toda la noche, ida y vuelta, del cajón al escalón, vuelta e ida. Yo, en tanto, saludaba a personas que no veía hacía años, a otras que jamás había visto en la vida, lloraba, aceptaba un Rivotril de una mano amiga, me sentaba junto al muerto, caminaba, callaba, me servía un café, hablaba con alguien, salía a fumar, reía, me rendía ahora ante un Valium y, también, lo observaba a Joaquín F pero no porque él tuviese una actitud burda o llamativa para lo que ese acontecimiento implicaba; sucede que yo nací para mirar lo que pocos pueden ver y por eso fui, aunque él fuese invisible, la única persona entre todos los asistentes al velatorio, en advertir su ir y venir mientras transcurría esa noche elástica hasta que se hicieron las seis de la mañana y, consecuencia natural de esa hora, afuera comenzaba a clarear y adentro, en la sala, ya no quedaba nadie; lo que sí quedaba en mí era ese estado de rotura y un resto de dolor de cabeza a causa de mezclar ansiolíticos con whisky y café, insomnio con excitación, y soportaba el peso de los párpados en lucha por cerrarme los ojos, pero como el traslado al cementerio estaba previsto para las nueve, decidí hacer tiempo en el bar de la esquina, hasta que partiera el cortejo, para que sea finalmente ése el lugar -digo, el bar de Córdoba y Thames- en donde, en una mesa pegada al ventanal, Joaquín F y yo mantuvimos un diálogo por única vez. Me sorprendió encontrarlo porque hacía un par de horas que lo había visto partir; pero ahí estaba él, con su libretita tapa dura color almendra. Me invitó a sentar en cuanto me vio traspasar la puerta, bajando su cabeza con una sonrisa a la vez que hacía un ademán con su mano señalando hacia un asiento. Eso fue todo. Yo me acerqué; él se paró para correr la silla y recién volvió a sentarse cuando yo ya lo había hecho.
Lo primero que se me ocurrió preguntarle -había pasado toda la noche con esa intriga contenida- fue quién era él y qué relación tenía con el difunto. Ninguna -me dijo- además de que se llamaba Joaquín F y, sin darme lugar para repreguntar, me indagó -presuponiendo lo que era una realidad: que yo sí tenía una unión bien estrecha con el difunto- acerca del motivo por el cual se había quitado la vida. Se dirigió a mí con tanta naturalidad y convicción sobre lo que afirmaba -porque su pregunta llevaba implícita una afirmación- que la sorpresa me hizo dudar de lo que yo creía hasta ese momento que había sido la causal de muerte, y respondí titubeando: “No, si se murió de un paro cardio-respiratorio” Entonces el sorprendido fue él al percatarse de que yo no estaba enterada de cómo habían sido los hechos y, a decir verdad, hasta ese momento en el que Joaquín F se manifestó, nadie en el entorno del difunto lo había estado. Yo a esa altura estaba semi-rota, y su declaración terminó de romper mi endeble estructura. Se ve que Joaquín F percibió mi desmoronamiento ó, tal vez, cierta blancura en mi tez, que rápidamente me asistió llevando un vaso de agua hacia mi boca -creo, que con la intención de devolverme el color o de reparar lo irreparable- Un silencio aparente se interpuso entre nosotros, haciendo resaltar el ruido entrecortado del líquido al bajar por mi garganta casi obstruida. Luego intentó consolarme. Me dijo que no me angustiara, que él llevaba vistas cantidad de muertes y que el suicidio era la mejor de todas porque, al fin y al cabo, era la única acontecida por propia elección y eso era lo que había deseado el difunto. Fue cuando me di cuenta -aunque no pudiese, al momento, comprobarlo de manera fehaciente- que realmente así había sido: el difunto siempre había hecho lo que le venía en gana, sin considerar nada más que sus propios deseos y era lógico pensar que, una vez más, lo había hecho.
Implícitamente decidimos hacernos compañía por el lapso de las casi tres horas que restaban para que partiese el cortejo. El olor humeante a medialunas recién horneadas nos tentó a desayunar y esa fue la primera buena señal que Joaquín F percibió en mí, por lo que comenzó a contarme una historia de su infancia que provocó la segunda -la segunda buena señal: mi predisposición a escucharlo-

I • El inicio de todo
Mi primer contacto con la muerte -comenzó a relatar Joaquín F- fue cuando yo tenía cerca de seis años y, si bien era muy pequeño para comprender ciertas cosas, ese fue el momento en que entendí -gracias a las vivencias con mi abuelo- que la muerte había dejado de ser final para dar comienzo a algo; en principio, a historias fantásticas que él me contaba gracias -decía él- a saber interpretar el lenguaje de los muertos.
Todo empezó -continuó Joaquín F- cuando mis padres adquirieron el hábito de dejarme por las tardes en casa de mi abuelo para que no fuese testigo de las discusiones que, al tiempo, terminaron con el matrimonio. Mi abuelo -y esto lo veo hoy, a la distancia- era parco en lo que a la educación y cuidado de un niño se refiere, pero tenía buenas intenciones de entretenerme, o tal vez, no tuviera la menor idea de qué hacer conmigo, así es que me incorporó a su rutina como quien cepilla sus dientes al levantarse. Esa primera tarde me dijo: “Vamos a ir a un lugar que te va a gustar”. Abrió el periódico por las últimas páginas, se detuvo estudiando las opciones y, tal como se resalta con color un espectáculo, marcó un círculo alrededor de un texto. “Primera regla -dijo mi abuelo-: Los judíos no nos sirven. Hay que descartarlos”, y comenzó a leer en voz alta el texto que había remarcado:

Juan Eduardo Arrión (Q.E.P.D.) Falleció el 13-07-1971.- Su compañera: Marta; sus hijos: Juan Fernando y Marcela; sus padres: Estela Alegre y Julio Arrión; sus hermanos: Martín, Julio César y Viviana Arrión, invitan a velarlo en Velatorio “C” Galliano e Hijos 53 Nº 1181

“Segunda regla” -dijo Joaquín F que le habría dicho su abuelo, ya en el andén, mientras lo alzaba a upa para subir al tren que, ante su virgen mirada, abría las puertas de par en par sin que nadie las tocara-: “Nunca pagues un boleto para viajar en tren; mientras los ferrocarriles sean estatales y el gobierno de facto, no deben dar ganancias”. A los seis años -confesó Joaquín F- ya conocía todas las mañas para ser un buen polizón y para viajar haciendo equilibrio, sin asirme del pasamanos y sin caerme. De pronto, quedó ausente, mirándome inmóvil; una mirada que me atravesaba para instalarse en otro lugar: no en el bar de Córdoba y Thames en una mañana de duelo, sino en algún recoveco de su infancia. Fue cuando me dijo, interceptando el pasado con el presente: -Hoy rompí por primera vez la tercera regla de mi abuelo: “Jamás hables con nadie cuando vayas a un velatorio; tenés que ser invisible, nadie debe advertir tu presencia; tu única misión es observar e interpretar el lenguaje de los muertos.” Esa tarde -siguió Joaquín F- en el velatorio al que asistí con mi abuelo vi un muerto por primera vez; tenía tan sólo seis años y no sentí miedo, porque mi abuelo luego de observar, en silencio y durante un buen rato, el rostro de Juan Eduardo Arrión, el recién fallecido, comenzó a contarme una historia fantástica acerca de su muerte, que él -mi abuelo- podía advertir gracias a su oficio de estudiar el lenguaje de los muertos.

Continuará…

APG©

Julio `09

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~ por APG en julio 26, 2009.

Una respuesta to “Orden del Día / 75”

  1. Notable esa partícula de la frase: el lenguaje de los muertos. Estoy interrogando la foto de un familiar, a ver qué opina al respecto.

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