Orden del Día / 55

 

Presentamos un nuevo episodio de Una historia, cualquier historia, el cuento que estamos subiendo a medida que lo escribimos.

Leer desde el comienzo

Episodio II Una temporada en Europa puede cambiar tu vida… Para siempre.

Situémonos ahora al otro lado del océano, más precisamente en Madrid. María Paula ya había estado en Europa en tres oportunidades durante su adolescencia, en tiempos de giras deportivas, y una vez más, ya adulta, en viaje de luna de miel. Ésta era la quinta vez, pero la primera que viajaba sola, asomando los treinta.
Las jornadas a las que había asistido en la ciudad de Barcelona por disposición de la empresa multinacional en donde ella se desempeñaba en el área de diseño, habían durado quince días muy intensos, así es que planificó, antes de su regreso y aprovechando que tenía pago el pasaje, pasar una semana en Portugal, país que le había quedado pendiente de recorrer en viajes anteriores y deseaba conocer. El destino quiso -o más bien los cambios absurdos de último momento de las aerolíneas- que su vuelo hacia Lisboa partiese desde Madrid, por lo que había arribado a la ciudad a media mañana y decidido pasar la tarde en el Museo del Prado hasta la hora de despegue. Lo que no tenía previsto de ningún modo era encontrarse con Juan Martín; ni que hablar que ni siquiera sabía que ese era su nombre porque, para ella, siempre había sido el prestador de libros. Fue justo un viernes, un viernes en que las calles de Madrid yacían blanquecinas por una nevisca helada. Esta vez el escenario no fue la librería de la avenida Corrientes del mismo modo que ellos tampoco eran los mismos, o tal vez sí conservaban algo intacto y hayan sido sus vidas las que se habían acomodado. Sea cual fuere el razonamiento que se elucubrase, Juan Martín quedó estupefacto cuando vio a Alma parada de espaldas frente a un Goya. Aún de revés, ella percibió un algo; tal vez  una fragancia que irrumpió penetrándole más y más a medida que él se acercaba, hasta que impulsivamente volteó. Quedaron quietos frente a frente por el lapso que dura una eternidad. La Maja Desnuda pasó a un segundo plano. Poco importó. María Paula jamás había imaginado que volvería a toparse con el prestador de libros. Había decidido olvidarlo, quizá para no anquilosarse, quizá para volver a sentir el placer de conocerlo. En cambio, Juan Martín había esperado toda la vida para reencontrarse con Alma. En ese momento ambos coincidieron, implícitamente, en callar los episodios vividos tiempo atrás. Había quedado un pacto secreto, de silencio, y ninguno de los dos estaba dispuesto a romperlo en esa instancia. Estuvieron un buen rato reconociéndose. Habían pasado algo más de diez años. Juan Martín escaneó su cuerpo (se sintió desnuda, pero se dejó), lo adivinaba lleno de energía y firmeza: pechos aún adolescentes, muslos duros y el trasero erecto. Permanecieron sin hablar por el lapso que dura otra eternidad. Aún así, tardaron nada en entenderse. Se mezclaron en el tumulto de una visita guiada siguiendo el capricho del recorrido sin prestar atención a las imágenes que devolvía la pared. Frente a Las Meninas de Velázquez la besó. Ella respondió con dulzura al estímulo. Luego la arrastró detrás de una escultura de los Leoni, debía ser del S. XVI, donde la apretó contra su cuerpo sorprendiéndola con una contundente erección atrapada bajo la bragueta del pantalón de franela gris. El idilio se vio interrumpido por un tour de japoneses. Y así nomás se fueron, a oponer su calentura a una tarde helada y gris. Y cuando tempranamente los sorprendió la oscuridad en una callejuela angosta, se fueron de tapas y tinto al tiempo que un asiento del Boeing, más precisamente el 14B pasillo, quedaba vacante en vuelo hacia Lisboa. Fue en una suite del Palace, en donde ávidos se rozaron brutalmente la piel. Y se sintieron libres y lejos de los compromisos que ambos tenían en Buenos Aires. Y recorrieron juntos Europa, amándose en Praga, Brujas, o Berlín. Fue un romance en gira de poco más de dos semanas. Y regresaron. Y esta parte vos la conocés bien porque fuiste vos quien recogió a María Paula en el aeropuerto, en donde la envolviste en un abrazo y la asististe al verla aparecer tan sola, con paso desequilibrado que erróneamente atribuiste al peso de su equipaje. Pero antes de eso, aún en el aire, ellos habían pactado -esta vez a conciencia- simular olvidar lo sucedido para siempre por el bien de ambos y de la  realidad cotidiana que esperaba a cada uno en tierra. Por eso María Paula se había negado a darle algún dato suyo en Buenos Aires, y por eso también, cuando Juan Martín, en un recorte de blok de hotel, anotó su teléfono y se lo entregó, ella, argumentando que si se lo quedaba, él estaría pendiente esperanzado en un llamado que nunca existiría, se lo devolvió cerrándole el puño para retener el recorte allí dentro, en el gesto más dulce que Juan Martín jamás le haya visto. Fue el último contacto antes de tomar rumbo cada uno por su lado hacia la vida real.

APG

 Continuará…

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~ por APG en mayo 12, 2009.

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