Orden del Día / 50

 

Con una edad distinta a la que comenzamos este cuento la semana anterior, sin que ello signifique más madurez pero sí el mismo entusiasmo, posteamos el siguiente fragmento de Una historia, cualquier historia.

 

Para leer completo desde la Introducción (Episodio 0)

 

 

Episodio 1 – Las apariencias engañan

 

En sus épocas de juventud Juan Martín consiguió trabajo en una librería de la avenida Corrientes. No era gran cosa si de dinero hablamos, pero fue allí donde tuvo su primer contacto con el mundo literario y con María Paula.

Tenía un buen horario. Flexible, de medio turno, que le permitía cursar regularmente sus estudios en la Universidad. Su labor consistía en mantener ordenados por sección los libros de las repisas y en aparente desorden los apilados en las mesas centrales; además reponía el stock desde el depósito del sótano y recibía las novedades editoriales. Eso era todo, con lo que el resto del tiempo se la pasaba leyendo o preparando exámenes.

Sucedió un viernes, pasadas las cuatro de la tarde. Venía haciendo malabares con una pila de libros cuando vio algo que le llamó la atención. Era una niña, o mujer, o niña-mujer; le calculaba unos quince o dieciséis años; entró a la librería mordiendo con avidez un pezón blanco de chocolate, succionando la leche dulce hasta que, sonrojada por el ruido que provocó el aspirar el vacío, metió de un sopetón el resto de bombón en su boca. Se paró frente a una mesa de libros, frotó su mano pegajosa dejando una impronta color cacao en el jumper gris y tomó un libro; pasó algunas hojas ligeramente…, de pronto, lo metió dentro de un bolsillo interno del abrigo, dio media vuelta y se fue. Juan Martín quedó atónito. Inmóvil. Esa niña-mujer no tenía la apariencia de ladrón que él tenía en su mente. Vestía uniforme de colegio privado y se la veía pulcra y saludable. Juan Martín pudo haberla detenido, pero no lo hizo; al fin y al cabo no era su deber cuidar a la librería de arrebatos de ladrones ocasionales y además, él no pensó que llevarse un libro podría considerarse un robo.

Enorme fue su sorpresa cuando, pasada una semana, exactamente el viernes siguiente alrededor de las cuatro, la vio entrar nuevamente a la librería. La siguió con la mirada escondido tras un libro que simulaba leer, sin que ella se percatase. La niña-mujer se acercó a la misma mesa de donde había tomado aquel ejemplar una semana atrás; se separó el abrigo, extrajo el libro y lo colocó en la misma posición en que lo habría encontrado la semana anterior. Juan Martín no salía de su asombro y no le quitaba los ojos de encima. Ella recorrió la mesa dando una vuelta y media alrededor, mirando las tapas con atención. Se detuvo frente a otro, lo tomó, lo hojeó, lo ocultó nuevamente en el abrigo y se marchó. Otra vez, él la vio irse sin hacer nada. Al fin y al cabo no podía considerarse un robo.

Al viernes siguiente, un rato antes de marcar las cuatro, Juan Martín ya estaba ansioso esperándola. Tenía la certeza que aparecería a devolver el libro y posiblemente tomar otro. No se equivocó.

Este proceso se transformó en rutina por casi un año.  El único cambio que él percibió fue que, al acercarse la primavera y no estar provista de abrigo, ella colocaba el libro semanal en un bolsillo del jumper. Gracias a las altas temperaturas Juan Martín comenzó a reconocer su figura. El uniforme de media estación acortaba los ruedos, levantaba las mangas de la camisa y permitía escabullirse en los escotes desabrochados. A Juan Martín le intrigaba y le gustaba. Hasta le puso nombre. La llamó Alma. Pero jamás se acercó a hablarle porque tenía miedo que ella dejara de leer. Había hecho un cálculo ligero que daba como resultado que Alma llevaba leídos alrededor de cincuenta libros. Del mismo cálculo infería que la había visto alrededor de cincuenta veces. Un día simplemente dejó de venir. Faltó a la cita implícita que nunca habían pactado. Juan Martín la espero viernes tras viernes, a las cuatro en punto. Incluso, cuando dejó de trabajar en la librería, siguió yendo todos los viernes, un poco antes de las cuatro y se quedaba esperando a que ella apareciera parado en la vereda de enfrente, contemplando a través de los autos. Nunca más la volvió a ver; no hasta casi diez años después, cuando descubrió a Alma mujer en el Museo del Prado. Fue cuando supo su verdadero nombre. Se llamaba María Paula.

 

Continuará…

 

APG©

 

Queda archivado en Más Ficciones con el nombre de Una historia, cualquier historia.

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~ por APG en abril 27, 2009.

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