Orden del Día / 31

La Playasada II:

Las cosas por su nombre

 

Me partió el alma. Venían en masa: él, probablemente el jefe de familia, junto a dos mujeres de similar edad -adivino su esposa y su cuñada- otra mayor, quizá su madre o suegra, y una mucho mayor aún, con seguridad madre de una de estas dos, abuela de algún otro, y bisabuela de la parva de críos que se repartían entre brazos, cochecitos, hombros o, simplemente, correteando tras una pelota. Cargaban además, heladeritas de telgopor, cañas, termo, lonas, baldes, palas, chupetes, y la ilusión de ir por primera vez en su vida a una playa. Me los crucé a la salida de la estación de tren, frente al reverso de la Ciudad Universitaria. Yo, a esa altura, ya llevaba más de cuarenta y cinco minutos corriendo. Al verme pasar, el hombre me preguntó:

 

– ¿Vamos bien para la playa de Macri?

 

Me partió el alma. Tenían la mirada de ensueño. El acceso de Parque Norte como espejismo alucinatorio, situado justo frente a la estación, no ayudaba; la brisa que arrastraba e impregnaba un vaho mezcla de cloro y lavandina, tampoco. Sólo arengaba sus deseos y ansiedad. ¿Cómo le iba a responder que aún tenían por delante más de tres kilómetros de a pie bajo un sol recalcitrante para llegar a ese paraíso distorsionado y sobredimensionado que tenían en mente? Tres kilómetros en procesión, similar a las que cruzo habitualmente en mi trayecto diario, en especial los fines de semana.

Y se lo dije; le dije que iban bien, pero que restaban cerca de tres kilómetros; que yo iba para ese lado, que siguiesen mi rumbo a la distancia. Cada tanto me daba vuelta para cerciorarme hasta que el camino se tornó en curvas y recovecos, y se perdieron a su suerte.

Otros cuarenta minutos después -yo ya había llegado a la playa de Macri, había bordeado por la rivera toda su extensión e incluso atravesado hacia Vicente López- de regreso por la pasarela de acceso (mil quinientos metros) a la playasada, ¿adivinen qué?…, a lo lejos, veo venir a la familia numerosa que me había cruzado hacía casi una hora. Primero me alegré de saber que habían llegado finalmente, pero los rostros cansados, las criaturas fastidiosas, los bebés dormidos o desmayados de deshidratación bajo el sol; el agua que cargaban para refrescarse que probablemente haya conseguido la temperatura óptima para unos mates amargos… Entonces, cuando posteriormente los crucé, lo único que atiné a hacer fue alentarlos: “¡vamos, es el último tramo!”; como nos suelen gritar a los corredores al pasar el kilómetro cuarenta, punto en el que restan sólo dos y ciento noventa y cinco metros para llegar a la meta y culminar el maratón. Pero esta meta, la de la playasada, es bien distinta a la satisfacción de un deportista; ésta sólo conlleva desilusión. La desilusión del que va en busca de lo que le prometieron y no lo encuentra: como una sombrilla y un par de reposeras, que a esa altura del día ya han sido ocupadas por los que llegaron primero y en auto; como un médano gigante, o simplemente una orilla que moje y no un paredón; o poder, al menos, refrescarse con una cervecita helada (al estilo que alienta Quilmes para todas las playas)…, pero, no!, en esta playasada te requisan, porque está prohibido el ingreso de bebidas alcohólicas. Mauricio, vos que conocés playas de verdad, ¿nunca te tomaste un Daiquiri al atardecer?

 blog61

 

 

¿Qué nos espera si llegás a la presidencia? (porque de eso se trata, ¿no?, de ser presidenciable; de ganar los votos de esta gente). ¿Nos vas a convencer que estamos en París, que el obelisco es la Tour Eiffel y la 9 de Julio, Champs Elysée? ¿Que las barcazas que cruzan ida y vuelta a la isla Maciel son góndolas en Venecia? ¿Que el puente La Noria es el puente de Brooklyn? ¿Qué más nos espera?

 

Nosotros somos ateos, pero si esta pobre gente es creyente, le sugerimos que la próxima procesión no sea hacia la playasada; que sea hacia la Basílica de Luján, para no desilusionarse nuevamente con promesas incumplidas. Eso nos parte el alma.

 

APG©

 

 

 

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~ por APG en febrero 16, 2009.

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