Simulacro
Un simulacro es eso: una maqueta, una construcción ficticia de una realidad futura que puede concretarse o no. La probabilidad de que esto finalmente suceda, se materialice, no siempre es potestad de uno. La ocurrencia de un siniestro responde en muchos casos a cálculos estadísticos, proyecciones que combinan aleatoriamente diferentes variables, e incitan, o no, un resultado.

Está parado en el filo del alfeizar. Asido, sin convicción y con ambas manos en forma de puño, al lienzo aterciopelado que es a la vez cortina y precario sostén. Permanece así mirando al vacío primero, y a una fila de hormigas que lo distrae, después. Bajan recto por el marco lateral del vano; bajan alineadas, quiebran en el ángulo y siguen en horizontal hasta toparse con su pisada que las desordenan por doquier y, lo que hace segundos era una línea uniforme entrecortada como esas que indican junto al dibujo de una tijera el lugar justo para troquelar un papel, ahora es un desparramo. Un par de ellas comienza a trepar por su pierna derecha pero no puede -no debe- soltarse y resiste el cosquilleo. Sólo atina a sacudir la pierna y arrastrarla hacia el filo junto al resto de hormigas parapetadas que, comprimiendo su postura por el roce, se vuelven montoncito, lo que antes fue desparramo y, mucho antes aún, fila; ahora es un puñado de lunares sueltos al vacío. Para ver el trayecto de la caída tracciona el cortinado hacia fuera, tensando los brazos y repartiendo su peso de 78kg, ahora inclinado en vaivén hacia la nada. El malabarismo le devuelve un precario equilibrio. Para cuando termina de realizar esta acción, que dura apenas segundos, las hormigas -los minúsculos puntitos- ya escaparon del alcance de su vista.
Cierra los ojos. Desanida la curvatura de los puños y deja que la gravedad -certera- haga el resto para poder reunirse a los insectos sobre el asfalto.
APG© // Enero 2009
